Roberto Toledo

Abogado - representante de la UNT ante YMAD

Si usted piensa, obnubilado acaso por las angustiantes circunstancias, que nada que no sea la inflación, la vacunación, el desempleo, la inseguridad y la corrupción, merece nuestra atención, déjeme decirle que se encuentra absolutamente equivocado. Nada de esas cosas que conforman nuestra preocupación esencial y cotidiana existirían, o tendrían la virulencia y el descontrol que poseen, si lográramos internalizar temas que parecen a primera vista abstractos, pero que resultan esenciales para corregir de una vez y para siempre el rumbo de la decadencia y la degradación de un argentina que se deteriora sin solución de continuidad.

Vamos a abordar el espinoso tema que hace a la base y existencia misma de la democracia y es el referido a la obtención del consenso esencial en lo que se ha llamado las “reglas del juego” de la dinámica constitucional democrática. Ese consenso esencial es ponernos de acuerdo en “decidir como decidir”, que, a la postre, es lo mismo que obtener el consenso del procedimiento sobre quien tiene el derecho de decidir cómo. El verdadero poder del electorado es el poder de elegir quien tiene derecho a decidir. El voto no es una anécdota aislada y menor. Es el mismo futuro de cada uno y su incidencia en el futuro colectivo. Es decidir si queremos ser obedientes vasallos o artífices de nuestro futuro.

La verdadera democracia es cuando existe la libertad necesaria para que los ciudadanos puedan verdaderamente formar su voto y participación ciudadana efectiva y condicionante; es decir, cuando han logrado formar una opinión pública que visualiza un modelo de país y un futuro de progreso, porque ha alcanzado una cosmovisión mayoritaria sobre su destino individual y colectivo.

En este convulsionado escenario de agrietamiento esencial, auspiciado por relatos y discursos vacios de contenido ético y conceptual, lejos de levantar el reino armónico de la democracia, la hemos prostituido, creando enemigos, fomentando caudillajes, consolidando una cultura de la sumisión mediante prácticas clientelares abyectas y alejando al pueblo de la posibilidad de su educación, conciencia de dignidad y goce de sus libertades. Propongo que emulando al tucumano y parafraseando a Rudyard Kipling podamos decir que fuimos quienes supimos conservar la cabeza cuando todos alrededor la perdían.

Sin libertad de pensamiento y sin libertad de expresión, solo existe un ropaje vacuo de democracia, pero en realidad es una autocracia que ha destruido la república y ha erosionado a la democracia, erigiendo una casta política que se sirve a sí misma para lo cual ha desmantelado toda la estructura de controles, internos o externos, que deberían existir.

La libertad de pensamiento implica que el individuo pueda abrevar libremente en todas las fuentes del pensamiento. La CIDH ha dicho que la libertad de expresión manifiesta dos dimensiones: una individual, que comprenden el derecho a hablar o escribir y a utilizar cualquier medio apropiado para difundir el pensamiento; y una dimensión socialm concebida como un medio para el intercambio de ideas e informaciones y para la comunicación masiva. “Para el ciudadano común tiene tanta importancia el conocimiento de la opinión ajena o de la información de que disponen otros como el derecho a difundir la propia”.

La CIDH agregó en otro pronunciamiento que la libertad de expresión “es la piedra angular de una sociedad democrática, es una condición esencial para que esté suficientemente informada”.

Es obvio que la libertad de expresión constituye el pilar prevalente de la sociedad democrática y una condición fundamental para su progreso y para el desarrollo personal de cada individuo. Es indispensable para la formación de la opinión pública. “Sin una efectiva libertad de expresión, materializada en todos sus términos, la democracia se desvanece, el pluralismo y la tolerancia empiezan a quebrantarse, los mecanismos de control, y denuncias ciudadana e comienzan a tornar inoperantes”

No hay duda que la formación de la voluntad colectiva mediante el sufragio solo será legítima cuando el ciudadano ha podido nutrirse sin cortapisas de las diferentes opciones y lo ha hecho con una previa educación cívica consolidada.

Nada de esto es posible sin la existencia de una ley de acceso a la información pública. Si hay opacidad, secretismo y ocultamiento, no hay posibilidad de ejercer libremente el pensamiento. Máxime en un contexto de intimidación (las prácticas puestas en evidencia en el vergonzoso y angustiante conflicto interno del partido de gobierno son prueba cabal de ello) en el que la necesidad de subsistencia, y la cultura de la dependencia y vasallaje, obliga a callar. Y “quien teme decir lo que piensa acaba por no pensar lo que no puede decir” dice Giovanni Sartori en “¿Qué es la democracia?”.

Sin el ejercicio pleno de las libertades no hay posibilidad de salir del círculo vicioso de un poder decadente que se retroalimenta y tutela a sí mismo y que ha puesto a la ley al servicio de sus intereses de poder; y no -como debería ser- el poder al servicio de la ley. El poder se ha convertido en un fin en sí mismo; y en esa desnaturalización se ancla toda posibilidad de desarrollo individual y colectivo superador.

El premio Nobel de la Paz de 2010, Liu Xiaoho, dijo que: “La libertad de expresión es la base de los derechos humanos, la raíz de la naturaleza humana y la madre de la verdad”.

Cuando entendemos esto, vamos a entender que los temas que día a día nos angustian no son sino la consecuencia de nuestra renuncia al juicio crítico y la libertad responsable. Es como que no nos animáramos a ser ciudadanos cabales, henchidos de derechos y del valor de defenderlos, que asumimos nuestros deberes y responsabilidades y por ello estamos legitimados a reclamar razonabilidad, decencia y aptitud. Reclamar en definitiva lo que es nuestro: decidir el rumbo del destino. Entendiendo que una sociedad en que la mayoría reclama derecho para sí y deberes para unos pocos, no puede funcionar. Se convertirá inevitablemente en una sociedad parasitaria, inviable.

“Un poder sobre la subsistencia de un hombre es un poder sobre su voluntad”. (Hamilton). Este es el poder que tenemos en vastas regiones de la nación, y que no queremos, El que debemos sustituir para procurar acabar con los males.

El mar es como es, pero si naufragamos porque se equivoca el capitán o ignoramos la brújula, la culpa no es del mar.

El mundo es como es, pero si optamos por la ignorancia, el vasallaje, la cobardía, la renuncia al juicio crítico y la persistencia en los errores de no asumir libre y responsablemente las riendas de nuestras vidas, de nuevo, la culpa no es del mundo. Es sólo nuestra.